Primera semana de clases: todo es emoción, batas impecables, instrumentos brillando como si fueran espadas de un Jedi, y esa ilusión de “voy a salvar sonrisas”. Tercer año: ya te estás preguntando si salvarías la tuya.
Estudiar odontología es como participar en un reality show de supervivencia, pero sin premio final. Y no, no exagero: el 70% de los estudiantes sufre burnout antes de graduarse. ¿Por qué? Porque esta carrera no solo te exige la mente de un científico, la precisión de un relojero y el temple de un cirujano, también te roba el sueño, el tiempo libre y, a veces, la salud mental.Imagina esto: pasas semanas preparando una prótesis para que el profesor la mire y diga: “Interesante, pero esto no sirve”. O esa gloriosa sensación de que tu paciente canceló después de que pasaste horas ajustando todo para atenderlo. La frustración es tanta que terminas queriendo anestesiarte a ti mismo.
Pero lo más duro es la competencia. En odontología no hay espacio para errores, y mucho menos para gente con horarios decentes. Mientras tus amigos de otras carreras disfrutan feriados, tú estás en la facultad intentando entender por qué tu obturación quedó con más burbujas que una gaseosa.
¿El resultado? Estudiantes agotados que se preguntan si fue buena idea no haber seguido arte o gastronomía. Porque al menos ahí los errores no se traducen en lágrimas (ni en mordidas del paciente).
La solución no es sencilla, pero empieza con hablar del tema. Así que, si ves a un estudiante de odontología, dale un café o un abrazo… o mejor ambos. Créeme, lo necesita.
.png)
Comentarios
Publicar un comentario