Ser odontólogo no es solo cuestión de técnica, pulido y precisión. También es aprender a convivir con el dolor ajeno.
Porque, aunque nadie te lo advierte en la facultad, hay algo que la anestesia no puede bloquear: el miedo, la angustia y el sufrimiento de los pacientes que se sientan en tu sillón.
Y, quieras o no, ese peso emocional se te queda en las manos.
El momento en que todo cambia
Al principio, en la universidad, todo es teoría. Estudias la anatomía del diente, aprendes a tomar impresiones, practicas en modelos de yeso. El paciente no sufre, no tiene miedo, no te mira con ojos de súplica porque es un maniquí con la boca abierta, el paciente perfecto porque no secretaba saliva, no se quejaba y ni se movía. (que cada quien le puso su nombre como Roberto, Felipe o Magdalena) ¿Que nombre le colocaste al tuyo?
Pero cuando te toca atender a una persona real, todo cambia.
Ves a alguien con dolor, con ansiedad, con una historia detrás. Alguien que confía en ti para aliviarlo. Y ahí entiendes que esta profesión no es solo ciencia, es humanidad.
El miedo en los ojos del paciente: Es imposible ignorarlo. Hay pacientes que llegan temblando, con la respiración entrecortada, con las manos apretadas sobre el pecho.
Te cuentan historias de malas experiencias, de tratamientos que los dejaron traumatizados, de años evitando ir al dentista porque el solo sonido del torno los paraliza.
Y ahí estás tú, sosteniendo el espejo bucal con una sonrisa tranquila, diciéndoles:
"Tranquilo, va a estar todo bien." Como si estuvieras tratando de animar a alguien luego de que reprobó un final.
Pero, por dentro, también sientes la responsabilidad de que esta experiencia sea diferente. De que este sea el día en que esa persona deje de temerle al consultorio.
El dolor que no siempre puedes aliviar: Lo más difícil de esta profesión no es realizar una endodoncia complicada o reconstruir una pieza dañada.
Lo más difícil es cuando un paciente te mira con desesperación, esperando alivio inmediato… y tú sabes que ese alivio no llegará hoy, porque hay procesos que tardan, porque hay casos en los que no se puede hacer magia en una sola consulta.
Y duele. Duele verlos salir del consultorio sabiendo que, aunque hiciste todo lo posible, seguirán sintiendo dolor un poco más.
El arte de separar la cabeza del corazón: ¿Cómo no llevarse estos casos a casa? ¿Cómo no pensar en ese paciente que lloró en la silla o en esa persona que te dijo "ya no aguanto más"?
Con el tiempo, aprendes a poner un escudo emocional. No para ser indiferente, sino para protegerte. Porque si absorbes cada dolor, cada miedo, cada historia difícil, te quemas. Pero eso no significa que te vuelvas frío. Al contrario, significa que encuentras el equilibrio entre ser un profesional y ser humano.
Más que odontólogos, somos confidentes del dolor: La gente llega a nosotros cuando más lo necesita. No cuando están bien, sino cuando algo está mal. Nos confían su sonrisa, su salud, su bienestar. Y aunque no siempre podamos resolverlo todo en un día, tenemos el poder de cambiar su experiencia.
A veces, una buena atención, unas palabras de calma o simplemente escuchar con paciencia pueden ser tan importantes como un tratamiento exitoso.
Porque más allá del esmalte, más allá de la técnica… trabajamos con personas. Y eso es lo que realmente hace de esta profesión algo extraordinario.
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