El examen clínico que te hace dudar si elegiste la carrera correcta
Hay momentos en la vida de un estudiante que lo hacen cuestionar sus decisiones. Uno de ellos es el examen clínico en odontología.
Nada de papel y lápiz. Aquí no basta con elegir la opción correcta en un selección múltiple ni con escribir respuestas largas para impresionar al profesor. No. Aquí hay que demostrar que sabes, que tienes manos firmes y que no entrarás en pánico si el profe te mira fijamente mientras sostienes una turbina girando a miles de revoluciones por minuto.
El inicio del calvario
Todo empieza bien. En teoría. Llegas con tiempo, llevas tu instrumental impecable y te dices a ti mismo "Vamos, lo tengo todo bajo control."
Pero en cuanto te llaman para comenzar, el cuerpo reacciona como si estuvieras a punto de lanzarte de un avión sin paracaídas.
Las manos empiezan a sudar, los guantes parecen más ajustados que nunca, el corazón late como si tuvieras los tambores de Jumanji en el pecho y, de repente, olvidar cómo sostener un espejo bucal parece una posibilidad real.
El momento más aterrador del examen no es el procedimiento en sí. No es la turbina, no es la presión del tiempo, es el profesor.
Ese ser que camina lentamente entre las unidades, observando con los brazos cruzados, sin decir nada, sin mover un solo músculo facial. Solo mirando.
Y ahí es cuando la mente empieza a sabotearte:
- "¿Por qué me está viendo así? Seguro ya vio que hice algo mal."
- "¿Habrá notado que casi perforo sin querer?"
- "¿Es normal que me esté sudando la frente tanto? ¿Me podré secar o parecerá que estoy pasando la hoja de un examen en plena cirugía?"
Los minutos más largos de la vida
El tiempo pasa, pero lento, como si estuvieras en un episodio de Black Mirror. Cada movimiento parece amplificado, cada error parece el fin del mundo y cada instrucción del profesor suena como una sentencia de muerte.
- "Corrige la posición de la sonda."
Traducción en tu cabeza: "Eres un desastre, mejor dedicate a otra cosa."
- "Tienes que tener más cuidado con la presión."
Traducción en tu cabeza: "Me das miedo, jamás te dejaría atenderme."
El desenlace
Después de lo que parecen años de tortura psicológica, terminas el examen. Guardas el instrumental con la misma energía de un soldado que regresa de la guerra y esperas la evaluación.
El profesor te mira, anota algo en su libreta, te devuelve la ficha y dice: "Bien, puedes retirarte."
Nada más. Ni un gesto, ni una pista sobre si aprobaste o si te toca repetir todo. Solo un "Bien, puedes retirarte".
Y así, con la adrenalina todavía en el cuerpo, sales de la clinica cuestionando todo. Pero al final, recuerdas por qué empezaste esta carrera. Porque más allá del estrés, de los profesores intimidantes y de las crisis existenciales… esto es lo que te apasiona.
O al menos, eso es lo que te repites para no llorar en el autobús de regreso a casa.
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