Radiografías imposibles: el caso del paciente fantasma en prácticas clínicas

Me acuerdo perfectamente de ese día.

La clínica de la facultad de odontología estaba igual que siempre: bata blanca obligatoria, estudiantes corriendo con bandejas de instrumental, el sonido metálico de los forceps chocando entre sí, y el profesor leyendo la lista en voz alta como si fuera un juicio. El olor a eugenol y a guantes de látex impregnaba todo.

Yo estaba esperando mi turno cuando la asistente clínica se acercó con un papel en la mano.

—Paciente nuevo para usted, cubículo 7.

Nada fuera de lo normal. Respiré hondo y avancé entre el murmullo del salón, esquivando compañeros que cargaban radiografías como si fueran tesoros frágiles.

Al llegar, lo vi sentado. Un hombre delgado, piel pálida, camisa demasiado grande, las manos juntas como si rezara. Me saludó con un gesto torpe.

“Está nervioso”, pensé. Nada raro para alguien que entra a una clínica universitaria.

Me pasaron su historia clínica. El sobre marrón estaba sellado con el sello oficial de la facultad. Cuando lo abrí, algo me incomodó. La fecha en la primera hoja era 2035. Fruncí el ceño. Pensé que debía ser un error de digitación. Lo que me hizo detenerme fue la firma: mi nombre, con mi caligrafía.

Sentí un frío extraño recorrerme la espalda.

—¿Doctor? —la voz del paciente me sacó del trance. Su tono era bajo, casi apagado—. ¿Va a atenderme?

“Doctor”. Nadie nos decía doctor todavía, apenas éramos estudiantes.

Dejé la hoja sobre la mesa y pedí una radiografía periapical para “corroborar diagnóstico”. La técnica se llevó al paciente. Yo me quedé mirando la hoja. La fecha del cronograma clínico estaba también adelantada diez años. Revisé mi reloj: eran las 9:14 a.m. Exactamente la misma hora que marcaba el reloj de pared. Pero en la hoja, junto a mi firma, decía: “Atendido a las 14:14 horas”.

Cuando regresó, la radiografía estaba revelada. La sostuve contra la luz de la lámpara. Me congelé: la placa mostraba exactamente mi propia boca. Conozco mis obturaciones, los terceros molares ausentes, la línea de fractura en el incisivo central que me hice de adolescente. Era yo.

No supe qué decir. El profesor pasó detrás mío y murmuró:

—Apúrese, no lo haga esperar.

Ni siquiera me miró. Su voz sonaba… distinta, como metálica.

Me giré hacia el paciente. Me observaba fijamente, con la misma grieta en el incisivo. No había margen de error. Estaba viendo mi propia dentadura en otro rostro.

Intenté mantener la compostura. Tomé la ficha clínica otra vez. Cada página parecía reescribirse con pequeños cambios. Donde antes decía “extracción simple”, ahora decía “exodoncia compleja”. En otra hoja: “complicación anestésica”. Y más abajo: “fallecimiento intraoperatorio”. La tinta estaba fresca, podía sentir el relieve al pasar los dedos.

“Estoy cansado, estoy alucinando”, me repetía. El ambiente ayudaba poco: el zumbido de los micromotores se volvía más agudo, los fluorescentes parpadeaban, y juraría que el eco de pasos provenía de un pasillo cerrado hace años.

—¿Doctor? —insistió él, o yo, o lo que fuera—. ¿Ya está listo?

Me incliné hacia la lámpara para ajustarla. El reflejo en el espejo bucal me devolvió mi cara, pero envejecida. Ojeras profundas, piel marchita, y una bata con el mismo bordado de la facultad, pero desgastada, amarillenta.

Tragué saliva.

—¿Quién… es usted?

Sonrió con mis propios dientes.

—Usted sabe.

Tomé la hoja final de la historia clínica. No solo estaba firmada con mi nombre: en la línea inferior, en el espacio reservado para la firma del paciente, también aparecía mi firma. Mi firma exacta.

La hoja temblaba en mis manos. Cerré los ojos apenas un segundo, y al abrirlos el cubículo estaba vacío. La silla, inmóvil. Las radiografías, borradas. El sobre marrón, sellado de nuevo como si nunca lo hubiera abierto.

Un silbido atravesó el salón. El profesor volvió a pasar lista. Nadie parecía haber notado nada. Y sin embargo, todavía siento el peso de esa hoja en mis dedos.

A veces, cuando reviso mis apuntes en casa, aparece entre ellos esa misma historia clínica, fechada diez años adelante, con las dos firmas intactas. La mía como odontólogo. Y la mía como paciente.

Nunca sé si la puse yo mismo allí.

😶‍🌫️ Gracias por leer hasta el final.

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