Imaginen esto: entras al consultorio de tu odontólogo, te acomodas en esa silla reclinable que parece sacada de una nave espacial y piensas: “Esto está diseñado para mi comodidad”. Pero nadie se pregunta qué pasa con el que está detrás de ti, encorvado como un camarón, intentando llegar a ese tercer molar que lleva décadas escondido.
Ser odontólogo es como participar en una mezcla entre yoga extremo y un casting para “El Jorobado de Notre Dame”. Porque, seamos honestos, nuestras sillas no están hechas para trabajar, sino para sufrir en silencio. Si te contara las posturas que adoptamos, podrías pensar que son parte de una rutina de acrobacia para el Cirque du Soleil. ¿Enderezar la espalda? ¡Ja! Eso es para gente que no vive con el eterno “ya mañana llamo al traumatólogo”.
Y ni hablar de los pacientes: “¿Podrías inclinar la cabeza un poquito más hacia la derecha?”, preguntamos amablemente, mientras pensamos: “Si lo haces bien, quizás hoy no termine con la columna en forma de signo de interrogación”. Pero no, siempre es lo mismo: el paciente se acomoda en una pose de esfinge egipcia, y nosotros terminamos sudando la gota gorda, como si estuviéramos jugando Twister odontológico.
¿Qué pasaría si tuviéramos espaldas biónicas? Tal vez podríamos atender sin que suene esa sinfonía de crujidos cada vez que nos levantamos de la silla. Mientras tanto, nos conformamos con soñar despiertos con el día en que alguien invente un equipo ergonómico de verdad… o al menos una silla que no nos transforme en “la momia del consultorio”.
Así que, querido paciente, la próxima vez que veas a tu odontólogo, no olvides preguntarle: “¿Y tu espalda, cómo anda?”. Es posible que no lo cuente, pero su mirada lo dirá todo.

Comentarios
Publicar un comentario