Imagina esto: pasaste años estudiando, te quemaste las pestañas en la facultad, sobreviviste a profesores despiadados y exámenes imposibles. Ahora, trabajas en una clínica tratando de hacer las cosas bien… pero resulta que hacerlas bien es un problema.
Esto le pasó a un colega en una clínica ubicada (no vamos a decir nombre para mantener el anonimato). Un día, el dueño lo llama y le suelta la bomba: “Algunos pacientes se han quejado de ti”. ¿La razón? No porque haya cometido errores, no porque haya maltratado a alguien… sino porque hizo su trabajo bien. Sí, asi mismo.
Una paciente se quejó porque le indicó dos tartrectomías en vez de una. ¿Por qué? Porque la acumulación de cálculo era tan brutal que, de no hacerlas, los dientes de la señora estarían en caída libre. Pero no, según el dueño, "aquí solo se hace una limpieza".
Otro paciente recibió dos restauraciones, una de ellas con medicación para tratar una pulpa en riesgo. Se hizo lo correcto: reconstrucción de pared perdida, eliminación de caries. Pero la respuesta del dueño fue: “Eso no se hace aquí. Aquí solo se coloca una pasta blanca y ya”.
Aquí viene lo mejor: el dueño consultó con otra clínica cercana y encontró que “la caries cuesta $45”. Como si la odontología fuera un menú de comida rápida. ¿Le agrego tratamiento de conducto con papas y bebidas? No, gracias, solo lo básico.
Esto nos deja una verdad incómoda: la competencia en algunos lugares no es por quién es el mejor, sino por quién hace el trabajo peor y más barato. Como si la calidad fuera un lujo y no una necesidad.
Y ahí está el dilema: ¿hacemos las cosas bien y nos critican, o jugamos a la ruleta de la mediocridad solo para complacer a quienes creen que la odontología es cuestión de ofertas y descuentos?
La verdadera pregunta es: ¿hasta cuándo los odontólogos van a tener que pedir disculpas por hacer su trabajo bien?
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