En un mundo donde el hilo dental solo se usa cuando hay cita romántica y el enjuague bucal se compra pero nunca se abre, aparece él: el paciente que justo antes de su consulta se tragó un pabellón criollo con jugo de guayaba. Sin culpa. Sin vergüenza. Sin chicle de cortesía.
Este es Masticator Maximus, el campeón de los bocados furtivos. Llega fresco, sonriente, diciendo: “no, doctora, yo no comí nada”, mientras su boca huele como si hubiera hecho una parrilla improvisada en la lengua. Tú abres la cavidad y ¡BOOM! Entras en una dimensión desconocida. Una mezcla entre Barbie en el Multiverso de los Restos Alimenticios y Jurassic Park versión dental.
Ahí están:
- Una hoja de lechuga atrapada como rehén entre dos premolares.
- Un grano de arroz aferrado a la encía como si estuviera cruzando la frontera.
- Un pedazo de carne que parece haber firmado contrato de arriendo en la muela del juicio.
Mientras tú, con tu espejo, tu eyector y tu dignidad, tratas de mantener la compostura, una vocecita interior —muy estilo narradora de Barbie— te susurra:
“Esto no es una boca, es una zona de guerra alimenticia”.
Y sí, el paciente asegura que “se cepilló”.
Pero tú sabes que eso fue con el pensamiento.
Sin pasta, sin agua, sin intención. Como cuando uno dice “el lunes empiezo la dieta”.
Mientras limpias y luchas con restos que ya deberían tener ID y pasaporte, piensas:
Estudié cinco años para esto. Cinco. Años.
Y justo cuando crees que has terminado, ves un trozo de tomate bailando salsa entre los premolares. Cierras la boca del paciente. Sonríes con dolor.
Fin del turno. Sobreviviste.
Pero no bajes la guardia. El próximo paciente está comiendo empanada de atún en la sala de espera.

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