La historia comienza como cualquier otra mañana en el consultorio: en el aire un olor a acrílico, la recepcionista peleando con la impresora y al mismo tiempo con un paciente, y un fondo musical cuidadosamente seleccionado para que los pacientes no huyan antes de darle el presupuesto.
Pero ese día, llegó él. Lo llamaremos “Don Pancho”, aunque bien podría haberse llamado “El Valiente que temía a todo menos a su suegra”.
Con paso decidido (temblando), Don Pancho se sentó en la sala de espera. Todo iba bien hasta que, por error logístico o por obra del destino, la asistente abrió la puerta del box... y se asomó con la jeringa en la mano (digno de una pelicula de terror)
No había dicho "siguiente", no había anestesia preparada, ni siquiera una gasa en combate. Solo la silueta del instrumento más temido del gremio. Y allí ocurrió.
Al despertar (con un algodón empapado en eugenol cerca de la nariz), dijo con voz débil: — “Yo venía solo por un presupuesto...”

.png)
Comentarios
Publicar un comentario