¿Miedo? Espérate a ver caer el espejo hacia la garganta del paciente.

Todo empezó como un día normal en el consultorio: paciente recostado, música ambiental tipo “relax de spa” (que más bien parecía música de elevador), y un espejo dental brillante listo para la acción. Pero como toda buena tragedia digna de un Emmy, el destino decidió intervenir.

En un segundo de descuido —ese que dura menos que el comercial de YouTube que no puedes saltar—, el espejo dental resbaló de mis dedos y comenzó a caer... directo hacia el abismo sin retorno: la garganta del paciente.

Y ahí fue cuando el tiempo se congeló.

Vi pasar frente a mí todas las malas decisiones de mi vida: como cuando dije “yo misma puedo cortarme el flequillo (la pollina)” o cuando creí que la anestesia "no hacía falta". El espejo rebotaba en cámara lenta, como en esas películas donde el héroe corre para salvar a alguien... pero en mi caso, yo corría con una succión dental en una mano y un guante roto en la otra.

El paciente, por su parte, abrió los ojos como si hubiera visto al mismísimo Darth Vader o a Lord Voldemort en el techo. Y en su garganta, el espejo daba vueltas como una ruleta rusa dental.

Con una maniobra digna de Misión Imposible, lancé la pinza más grande que tenía en la bandeja. Logré agarrarlo en el último segundo, justo antes de que el espejo emprendiera su viaje definitivo hacia el sistema digestivo.

Nos miramos en silencio. Él, agradecido de seguir entero. Yo, sudando como si hubiese corrido una maratón con bata plástica.

Le sonreí nerviosamente y le dije, intentando sonar casual:
—¡Tranquilo, eso pasa todo el tiempo!
(Mentira. Eso no pasa todo el tiempo. Eso pasa una vez y terminas contándolo en Navidad y en cualquier reunion social por el resto de tu vida).

Desde ese día, mi pulso es firme como el de un francotirador. Y cada vez que agarro un espejo dental, puedo oír de fondo la voz de Morgan Freeman narrando:

“En ese momento, supo que no había margen para el error.”

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