Hay días en el consultorio donde uno se pregunta si estudió odontología… o actuación para un sketch de Sábado Gigante.
Todo comenzó con una paciente que entró diciendo:
—"Ay doctor, no me duele nada, pero vine por si acaso. Uno nunca sabe cuándo le agarra una caries traicionera."
Y así, con una energía más digna de Phoebe Buffay que de una endodoncia, se instaló en el sillón como si fuera el sofá de su casa… sacó su celular, puso música instrumental de fondo y me pidió “luz pacífica, no esa luz de interrogatorio de la CIA”.
Pero eso no fue nada.
Una vez un paciente me pidió permiso para grabar todo el procedimiento "por si se hacía viral".
—"Capaz me saco una muela y me hago famoso como el niño del dedo mordido.”
Spoiler: el video solo lo vio su mamá. Y yo. Tres veces. Por eso fui a terapia.
Ni hablar del señor que llegó con un diente roto y dijo con orgullo:
—"Esto fue en un asado, mordiendo un hueso de costilla, pero el diente perdió porque estaba flojo, no porque yo mastique fuerte."
Hubo uno que me preguntó si después de sacarle la muela podía guardarla “por si algún día la ciencia avanza y se puede reimplantar”.
Y claro, la reina de todas las anécdotas: la paciente que se tiró un gas justo cuando activé la turbina, y en su defensa dijo:
—“Pensé que el ruido la iba a tapar.”
Pero no, señora. El olor traspasó la mascarilla, el alma y el esmalte dental.
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