¿Estás agotado?
¿Te duele el cuello, el alma y el premolar emocional?
¿Sientes que no vives, sino que sobrevives entre prácticas, parciales y un paciente que no vino?
No, no estás loco. Estás estudiando odontología. Y no, no eres tú. Es la facultad.
Es ese lugar mágico donde te exigen pulir una cavidad con precisión atómica, pero el micromotor parece comprado en un remate de la Segunda Guerra Mundial.
Tu día arranca con un café recalentado y una bata que ya no huele a limpio, sino a trauma académico.
Sigues con clases teóricas eternas, seguidas de prácticas clínicas donde el paciente no aparece, pero el estrés sí.
Y terminas tu jornada con la frase más autodestructiva del gremio: “Bueno, igual repito la cavidad por si acaso…” Tienes el rostro de alguien que ya no sabe si quiere graduarse… o fugarse a vender tortas.
Tienes miedo de reprobar, de fallarle al profe, de que te pregunten algo que sí estudiaste pero ahora no sabes ni en qué diente va.
Y todo eso, mientras disimulas que “estás bien” porque si muestras debilidad te convierten en meme clínico.
A esto se le suma el culto al rendimiento:
—“Yo hice 4 cavidades, 2 extracciones y un blanqueamiento hoy.”
—“¿Y dormiste?”
—“Dormir es para los débiles.”
Hermano, eso no es inspiración… eso es delirio funcional.
La facultad no te prepara emocionalmente. Te tiran al agua con guantes rotos, anestesia vencida y un cronómetro psicológico que grita:
“¡Apurate que otro ya lo hizo mejor!”
Pero hoy te decimos esto: No estás roto. Solo estás saturado.
Y a veces, sobrevivir el semestre ya es una hazaña clínica.

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