La limpieza más intensa: remover sarro y traumas al mismo tiempo.

El consultorio estaba en paz. El torno giraba suave, la resina fluía como miel, y Spotify me tenía con lo mejor de Luis Miguel. Todo normal… hasta que entró él.

Tu ex.

Con esa sonrisa maldita que no cuidaba ni cuando estábamos juntos… y que ahora venía a poner en tus manos profesionales.

—“Hola, ¿cómo estás? Vine a hacerme una limpieza…”

Limpieza. Justo limpieza. ¡Como si eso pudiera limpiar todo lo que me hiciste, Esteban!

Spoiler: no era Esteban. Pero todos tenemos un Esteban emocional.

El corazón me latía a ritmo de micromotor 18.0.
El cerebro: “Sé profesional.”
El alma: “Metele la jeringa por el trauma.”

Mientras le pasaba el espejo bucal, vi mi reflejo.
Ahí estaba yo: maquillada, con guantes, gafas protectoras…
Y heridas emocionales sin esterilizar.

Le revisé los premolares con la misma frialdad con la que me dejaba en visto.
Intenté hablarle con neutralidad, pero lo único que salió fue:
—“Abre más la boca, por favor…”
(¿Era clínico o catarsis? Nadie lo sabe.)

En un momento, me dijo:
—“¿Eso que me estás sacando es sarro?”
Y yo:
—“No… es el rencor acumulado desde que me ghosteaste en plena Navidad.”

Lo peor vino cuando me sonrió y dijo:
—“Me alegra verte bien.”
Sí, justo después de descubrir que tiene un par de caries que van a llegar a endodoncia.
Diosito, quédate con lo justo.

Pero lo atendí. Profesional, estoica, con mi corazón envuelto en dique de goma.
Porque ante todo, soy una odontóloga.
Una guerrera del esmalte.
Una heroína con succión de alta potencia.

Al final le dije:
—“Listo, todo limpio. Pero hazte los controles. No todo se ve a simple vista.”

Y tampoco todo se cura con flúor… maldito.

Comentarios