El síndrome del impostor en odontología: cuando ni tú te crees que sabes lo que haces
Hay días en que terminas una restauración perfecta, con contacto, sellado, punto de contacto ideal…
Y aún así, en tu cabeza suena una voz que susurra:
—“Seguro te equivocaste. Revisa otra vez. Y otra. Y otra…”
Bienvenido al infierno mental del síndrome del impostor odontológico: ese estado crónico donde, aunque hagas las cosas bien, sientes que eres un fraude con bata.
Esto no se cura con un curso de resinas. Se intensifica con cada comentario tipo:
—“¿Estás seguro de que eso va ahí?”
—“Yo lo habría hecho distinto…”
—“A ver, ¿quién te enseñó eso?”
La facultad te forma la mano, pero te desarma la cabeza.
Porque puedes haber aprobado operatoria con la maxima nota, pero si un paciente te mira feo mientras le explicas un diagnóstico, sientes que tu título es una servilleta con tu nombre escrito.
Y ni hablar de las redes sociales.
Ves a colegas subiendo carillas perfectas, clínicas estéticamente impolutas, y tu en tu consultorio con un foco fundido y una turbina que suena como licuadora vieja…
Compararte es inevitable. Sentirte insuficiente, también.
¿Lo peor? Que nadie lo dice en voz alta. Todos seguimos como si nada, sonriendo con la misma energía que tiene un paciente sin anestesia.
Pero aquí entre nos…
¿Sabes quiénes lo sienten? Los que realmente se esfuerzan.
Porque el impostor no es el que duda.
El impostor es el que ni se lo cuestiona.
Así que si estás leyendo esto y te sientes así: no estás solo.
Estás cansado, presionado y exigido.
Pero no eres un fraude.
Solo eres un ser humano tratando de no volverse loco entre la turbina, las deudas y la endodoncia emocional. Ahora, respira profundo… y vuelve al trabajo. Pero solo un poquito. No te obsesiones. (Bueno, sí, un pelo más).

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