El paciente ensangrentado que apareció durante un apagón en la facultad

Nunca me gustaron las guardias nocturnas, pero esa noche acepté porque necesitaba puntos en la clínica. Éramos cuatro alumnos, todos con bata blanca arrugada, rodeados de termos de café y apuntes subrayados con marcador fluorescente que ya ni brillaban. 

La facultad estaba casi vacía; los profesores se habían ido a sus casas hace horas, dejando la típica lista firmada en la mesa de control. El cronograma de guardia colgaba en la pared, marcado con resaltador: “Viernes, 19:00 – 22:00”.

Al principio era hasta divertido. Entre bromas con los espejos dentales y chistes sobre el fantasma del consultorio 12, la clínica parecía un lugar cualquiera. Los sillones estaban apagados, los micromotores en silencio, y el olor a cloroformo y desinfectante flotaba en el aire. Solo el zumbido de los fluorescentes nos recordaba que era medianoche.

Todo cambió con un chasquido seco. La luz se apagó.

Oscuridad total.

Las linternas de los celulares se encendieron al mismo tiempo, iluminando nuestros rostros tensos. Las puertas automáticas de la entrada principal ya no respondían. Al principio pensamos que era un corte de luz común. Pero entonces me di cuenta de que mi reloj de muñeca estaba detenido en las 21:00. El de mi compañera también. Todos.

Intentamos tranquilizarnos, hasta que vimos algo que nos cortó la risa: un hombre pasó frente al pasillo. Tenía una bata de paciente, arrastraba los pies, y de su boca caían hilos de sangre que manchaban el piso. Levantó una mano temblorosa y dijo con voz quebrada:

—Ayuda…

Corrimos tras él. El eco de sus pasos resonaba en la oscuridad. Lo vimos girar hacia la salida principal. Pero cuando alcanzamos la puerta de cristal, ya no daba a la calle. Daba a otro consultorio, idéntico al nuestro: mismo sillón dental, mismas bandejas de instrumental, incluso la misma ficha clínica sobre la mesa.

Nos miramos, incrédulos. Empujamos otra puerta lateral. Lo mismo: otro consultorio, idéntico, con la diferencia de que en el perchero había colgada una bata ensangrentada. Pensé que era la misma bata que habíamos visto en el paciente. La misma mancha en el mismo lugar.

Seguimos avanzando, con los celulares temblando en nuestras manos. Los consultorios se repetían como un espejo infinito. En cada uno, una radiografía sobre la mesa: ninguna coincidía con pacientes reales. Las dentaduras estaban desordenadas, como si fueran reconstrucciones imposibles. Una tenía 40 piezas dentales, otra solo caninos alargados.

Comenzamos a discutir. Uno decía que era un sueño, otro que alguien nos estaba jugando una broma pesada. Yo no estaba tan seguro. En un momento juraría haber visto mi propio rostro reflejado en el negatoscopio, como si la radiografía correspondiera a mí mismo.

De repente, escuchamos el mismo sonido metálico, como un micromotor activándose en la distancia. Y luego, el eco de un gemido. Seguimos corriendo, atravesando puerta tras puerta, cada vez más desesperados. El aire se volvía pesado, olía a óxido y sangre seca.

—¡Miren! —gritó uno de mis compañeros.

Señaló un consultorio al fondo. En el sillón dental había una silueta recostada. Parecía uno de nosotros, inmóvil, con la cabeza inclinada hacia atrás. Me acerqué con cuidado. La linterna iluminó su rostro: era mi compañero Luis, con los labios morados, los ojos abiertos y vidriosos, como si llevara horas muerto.

Retrocedí en shock. “No puede ser… Luis está conmigo, está atrás…” Me giré. Luis, el vivo, ya no estaba.

El silencio fue insoportable. Corrí hacia otra puerta, tropezando con bandejas de instrumental. El consultorio al que entré era idéntico al anterior, y en el sillón había otra silueta. Era mi compañera Clara, muerta, con un torniquete de anestesia clavado en la yugular.

Cada sala tenía a uno de nosotros. Repetidos. Muertos de formas distintas.

El horror me paralizó. Caí al suelo, con la linterna apuntando al techo. Los focos fluorescentes parpadeaban, aunque el apagón debía continuar. La misma bata ensangrentada colgaba en cada perchero, como un recordatorio.

Al levantar la mirada vi mi propio cuerpo en el sillón, con la boca abierta, llena de gasas empapadas de sangre.

Todavía no sé si grité o si el eco fue solo mío.

😶‍🌫️ Gracias por llegar hasta aquí.

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