El 3 de octubre siempre había sido un día especial en la facultad.
Los pasillos se llenaban de carteles con frases motivacionales: “Feliz Día del Odontólogo”, los profesores hacían algún chiste nervioso, y hasta nos daban galletas en la entrada. Ese año no fue diferente: una mesa con café tibio, pancartas pegadas con cinta, y una foto grupal improvisada con las batas aún manchadas de liquido revelador.
Lo extraño comenzó después de la ceremonia breve en el auditorio. Nos mandaron de vuelta a la clínica para “aprovechar el día”. El ambiente era raro: demasiado silencioso, como si los pacientes asignados hubieran desaparecido. Los veinte sillones estaban vacíos, relucientes bajo la luz blanca de los reflectores.
Entonces vimos que en el pizarrón de la clínica, escrito con tiza, alguien había dejado un mensaje:
“Feliz Día del Odontólogo. Hoy recordamos a los que no terminaron el semestre.”
Nos reímos incómodos, convencidos de que era una broma pesada de algún residente. Pero nadie quiso borrarlo.
Comenzamos a ordenar instrumental cuando sonó el primer micromotor. Nadie lo había encendido. El ruido metálico se extendió por toda la clínica como un eco, hasta que se apagó de golpe. Fue ahí cuando Matias señaló el sillón número 3.
Estaba ocupado.
Un hombre con bata blanca, demasiado antigua, se acomodaba bajo la lámpara. Tenía la cara cubierta por una mascarilla amarillenta, pero sus ojos se clavaban en nosotros. Pensamos que era un profesor, hasta que notamos algo imposible: la placa en el bolsillo de la bata decía “Promoción 1973”.
Nos quedamos paralizados. El profesor que llevaba ese nombre había muerto hacía más de veinte años.
El aire se volvió pesado. En cada sillón comenzó a aparecer una ficha clínica distinta, como si hubieran sido dejadas a propósito. Al abrir la primera, leímos la fecha: 3 de octubre de 1995. En otra: 3 de octubre de 2004. Todas tenían en común un detalle perturbador: los estudiantes asignados habían abandonado la carrera o enfermado gravemente justo después de esa fecha.
Yo trataba de convencerme de que era coincidencia. Hasta que escuchamos las voces.
Susurros, primero lejanos, luego cada vez más cerca:
—Feliz día… doctor…
—No todos llegan al título…
—Alguien debe ocupar nuestro lugar…
La bata del hombre del sillón 3 se movió sola, como agitada por un viento inexistente. Y uno por uno, los reflectores se fueron encendiendo sobre los sillones vacíos, como si esperaran pacientes invisibles.
El cronograma de la clínica, colgado en la pared, también había cambiado. Donde debía decir “Guardia Clínica – 3 de octubre 2023”, aparecía escrito a mano:
“Clínica Conmemorativa – 3 de octubre… siempre.”
Mis compañeros comenzaron a retroceder. Yo me quedé quieto, con la sensación de que algo detrás de mí respiraba. Miré de reojo uno de los espejos intraorales sobre la mesa. El reflejo no era mi cara: era yo, diez años más viejo, con la bata desgastada y la mirada vacía.
Sentí un aliento frío en mi oído y una voz susurró mi nombre.
—Feliz día, doctor.
El sillón 3 se movió, invitándome a sentarme.
😶🌫️ Gracias por llegar hasta el final.
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