El profesor que murió en un sillón odontológico de la facultad… y su alma nunca se fue de la clínica.
La clínica universitaria siempre estaba llena de un caos organizado: estudiantes con bandejas de acero chocando instrumentos, profesores pasando lista con carpetas gruesas, pacientes de práctica esperando con cara de resignación en las sillas de plástico del pasillo.
El zumbido de los micromotores se mezclaba con murmullos nerviosos, y el olor a eugenol, guantes de látex y café barato impregnaba todo. En cada turno, los alumnos se distribuían entre los veinte sillones alineados en dos hileras.
Todos corrían para asegurar uno cerca de la lámpara que funcionaba mejor, o lo más cerca posible de la ventana. Y siempre, siempre, había uno que quedaba vacío: el sillón del fondo, número 17.
No era raro escuchar un comentario en voz baja cuando alguien pasaba frente a él:
—Ese sillón está maldito…
—Al que le toca ahí, seguro reprueba.
—Dicen que un profe murió justo en medio de una práctica, sentado ahí.
Yo nunca presté atención a los rumores. Pero sí notaba detalles que incomodaban: el chirrido metálico al mover el respaldo, un olor rancio que no desaparecía aunque limpiaran con desinfectante, y la lámpara quirúrgica que parpadeaba como si se burlara de todos.
Una bata amarillenta colgaba en el perchero al lado, deshilachada, con el logo de la facultad casi borrado. Nadie se atrevía a tocarla. Algunos compañeros juraban que los que usaban ese sillón enfermaban después. “Marcos se desmayó en medio de la endodoncia, y a la semana tuvo fiebre de 40 grados”, me contó Jimena.
Otros aseguraban que quienes lo ocupaban nunca aprobaban el semestre. Yo pensaba que era pura sugestión, hasta que una tarde me acerqué demasiado. Necesitaba anestesia del cajón del sillón 18, que estaba justo al lado del 17. Por curiosidad, abrí también el cajón del “maldito”.
Dentro había una historia clínica vieja, amarillenta, con el membrete de la facultad. En la línea de “profesional responsable” estaba escrito un nombre que me sonaba vagamente: Dr. Zambrano. Al pie, la fecha: dos días antes del accidente en el que, según la leyenda, ese mismo profesor había muerto en plena práctica.
Me reí nervioso y cerré el cajón. Quizá alguien la dejó ahí como broma. Sin embargo, había una radiografía doblada, con la fecha escrita a mano. La pasé contra la luz: mostraba una mandíbula fracturada. La tinta decía: “Control post operatorio – Zambrano”.
Esa noche no pude dormir. Me preguntaba: ¿cómo podía una radiografía estar fechada después de la muerte del profesor?
Los días siguientes, el sillón 17 se convirtió en una especie de obsesión silenciosa. El reflector parpadeaba justo cuando alguien lo miraba de reojo. Un paciente se desmayó a tres metros de distancia. Y yo juraba escuchar el sonido de una turbina encendiéndose sola cuando nadie estaba ahí.
Hasta que llegó el día fatídico. Entramos a la clínica y todos los sillones estaban ocupados. Había más pacientes de lo normal. El profesor pasó lista y me miró directo:
—Usted, al 17.
Tragué saliva. Todos me miraron, algunos con pena, otros con morbo. Avancé entre el ruido metálico de bandejas. La bata amarillenta seguía colgada en el perchero, como esperando. Me senté en la silla, que crujió bajo mi peso. El olor era insoportable, una mezcla de humedad y algo ácido.
De pronto, la lámpara quirúrgica se encendió sola, iluminándome con una luz blanca que me cegó por un instante. El reflejo en el espejo intraoral que estaba sobre la mesa me devolvió mi cara, pero no era exactamente la mía: tenía arrugas profundas, los ojos hundidos, como si fuera yo diez años más viejo.
Sentí un aliento en mi oído izquierdo. Y una voz, grave, apagada, susurró mi nombre. Ahí comprendí que el sillón 17 no estaba vacío. Nunca lo había estado.
😶🌫️Gracias por leer hasta aquí.
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